Creatividad como API humana
Más allá del Skill Era
Esta semana vi un post de Greg Isenberg (¿emprendedor? ¿tech influencer? ¿inversor?), que se viralizó en Twitter tech (o X) y otros lados. Mencionaba la “skill era” de internet.
La tesis que proponía es clara: en los últimos 15 años, las empresas ganaron exponiendo APIs (Stripe para pagos, Twilio para mensajería). Ahora que las LLMs comprimen la ejecución en un prompt, el juego cambió. Las empresas ya no empaquetan funciones, empaquetan criterio. No vendés “cómo enviar un email”, vendés “cómo auditar un landing page como un growth operator experto”.
La distinción que hace Isenberg entre API y skill es limpia: una API es una puerta a una función. Un skill es una puerta a un criterio.
Desde hace tiempo vengo explorando esta idea en Creative Workout desde varias perspectivas: cómo se enseña a construir juicio creativo, cómo las ideas deberían ser caminos más que productos, qué significa realmente que el contexto sea tu ventaja competitiva, y sobretodo:
Exacto, la idea de la creatividad como API humana. Si quieren repasar las ediciones anteriores, aquí pueden ver la primera, segunda y tercera entrega.
Pero hay diferencias estructurales importantes que vale la pena marcar, porque ahí está el territorio que todavía nadie está trabajando.
El skill como producto vs. la creatividad como identidad
El post habla de empresas que empaquetan expertise. El sujeto es la startup, la audiencia son founders técnicos, la lógica es B2B en el ecosistema de agentes de inteligencia artificial. Es un argumento sobre modelos de negocio y distribución tecnológica.
Mi concepto de creatividad como API humana tiene un sujeto distinto: el individuo creativo. No es una empresa que empaqueta expertise, es una persona que desarrolla, refina y expone su criterio creativo como una capa reutilizable.
Eso no es solo un cambio semántico. Es filosóficamente diferente y más profundo, porque implica identidad, no solo modelo de negocio. Cuando tu criterio creativo se vuelve infraestructura que otros invocan miles de veces, ¿qué pasa con la autoría? ¿Con la voz? ¿Con la dimensión identitaria del trabajo creativo? Para creativos esto no es cosmético. Es existencial.
El skill que ya está vs. el juicio que se construye
La “skill era” asume que el expertise ya existe y hay que empaquetarlo. Pero esa es la segunda mitad del problema. La primera, y la más difícil es: ¿cómo se desarrolla ese criterio? ¿Cómo se vuelve transmisible? ¿Cómo se sistematiza sin perder densidad?
Ahí viven los frameworks que cada creativo desarrolla para su propio trabajo. En mi caso para Love@FirstDeck son PRISMA y PROSA para análisis preliminar y MAPA para diseño de narrativa. Algunos de los que uso en mis cursos de creatividad ya los compartí aquí: ideación CW, Memeapps, Ideas como caminos... Son sistemas para construir juicio, refinarlo y hacerlo operable. Es el resultado de años trabajando con startups y emprendedores. Mientras que Greg describe el destino, yo les propongo el mapa del viaje.
Y esto importa especialmente en contextos educativos. Enseñar a alguien a ser una API humana no es enseñarle a usar una herramienta. Es enseñarle a pensar de una forma que sea estructurable, escalable, y a la vez irreductiblemente personal. A pensar desde los fundamentos.
El sesgo del skill: un white space enorme
Todo lo que Greg menciona (ejemplos, casos, ejecuciones) está centrado en Silicon Valley: patterns for closing deals, pricing, positioning. La skill era que describe asume un mercado donde los agentes ya están integrados en flujos de trabajo empresariales, donde hay consenso sobre qué es buen juicio en growth, en legal, en data enrichment.
El contexto no es un detalle, es el producto. Un skill genérico entrenado en Silicon Valley va a producir criterio para ese mercado, con sus códigos, sus expectativas, su ritmo. Pero en mercados latinoamericanos donde la fricción es regulatoria, donde los ciclos son más lentos, donde las alianzas estratégicas importan más que la tracción explosiva, ese buen criterio pierde valor.
Cuando enseño en Centro, cuando trabajo con startups en Love@FirstDeck, mi punto de partida no es “cómo se hace esto en San Francisco”. Es “cómo se estructura el criterio creativo que funcione en mercados latinoamericanos, con sus propias lógicas, sus propios códigos, sus propias audiencias”.
Los skills no son neutros. Nadie en ese ecosistema está diciendo eso todavía. Es un territorio enorme que se tiene que trabajar.
De la invocación a la pedagogía: la creatividad como orquestación
En el post también podemos ver una métrica interesante: invocations vs. seats (invocaciones ó llamados versus asientos). Ya no vendés asientos en tu SaaS, vendés invocaciones de tu skill. El valor no está en cuántos usuarios tenés, sino en cuántas veces tu método es ejecutado.
Eso reencuadra Love@FirstDeck completamente. No vendo pitch decks. No vendo horas. Vendo un método que puede vivir en el flujo de trabajo de cien startups. Pero también reencuadra lo que hago como profesor: no enseño técnicas de creatividad. Enseño formas de estructurar pensamiento que después pueden invocarse en contextos radicalmente distintos.
Pero hay algo más profundo que el post no toca: un skill empaqueta criterio como si fuera una caja negra ejecutora. Una API humana sabe cuál es su capa específica de valor y cómo orquestar el resto.
Cuando diseño las rúbricas para mis cursos, hay 3 conceptos que siempre están presentes: originalidad, pensamiento divergente y selección estratégica de herramientas. No evalúo la calidad de las ideas, eso sería ridículo y contradictorio a mi accionar. Las ideas sólo tienen valor cuando se ejecutan, cuando la persona que las necesita puede resolver su problema. Mis rúbricas están diseñadas para evaluar la capacidad de mis estudiantes de aplicar pensamiento crítico sobre el problema que trabajan, y sobretodo la forma en que debe ser encarado.
Ese es el salto que nadie está haciendo todavía.
Enseñar creatividad como API humana no es enseñar a resolver problemas. Es enseñar a reconocer qué parte del problema es tu capa (lo que solo vos podés aportar desde tu criterio) y qué parte requiere colaboradores o herramientas externas. Y más importante aún: cómo operar con esas herramientas para ejecutar la solución completa.
En términos prácticos, esto significa que un estudiante mío no sale sabiendo “cómo hacer un buen insight creativo”. Sale sabiendo:
Cómo diagnosticar su propio método: ¿este problema requiere pensamiento lateral o análisis de datos? ¿Necesito divergir primero o convergir rápido? ¿Qué herramienta es apropiada para esta fase?
Cómo identificar sus límites: reconocer cuándo su criterio no alcanza. Cuándo necesita expertise externo, datos que no tiene, capacidades técnicas que no domina.
Cómo invocar recursos externos: No delegar ciegamente, sino orquestar. Saber qué pedirle a un LLM, qué pedirle a un especialista, qué pedirle a una herramienta de análisis. Y cómo integrar esas respuestas en su propio proceso sin perder la rectoría del proyecto.
Esto es radicalmente distinto al modelo del skill era. Un skill empaquetado es un módulo autosuficiente: le pasás un input, te devuelve un output. Una API humana es un nodo orquestador: recibe un problema complejo, identifica qué partes puede resolver directamente con su juicio, qué partes necesita externalizar, y cómo ensamblar todo en una solución coherente.
Por eso en mis rúbricas la selección estratégica de herramientas no es cosmética. Estoy evaluando precisamente esa capacidad de auto-diagnóstico y orquestación. No me importa si usaste inteligencia artificial o no. Ya doy por hecho que lo hiciste. Me importa si supiste identificar para qué servía en tu proceso específico, cómo la usaste, y qué hiciste con el resultado.
Y esto tiene una consecuencia pedagógica enorme: ya no puedo enseñar ideación como un conjunto de técnicas cerradas. Tengo que enseñar creatividad como un sistema de pensamiento que incluye meta-cognición aplicada. Mis estudiantes tienen que aprender a verse a sí mismos como capas de criterio que operan dentro de ecosistemas más grandes.
Cuando un alumno viene con un problema a desarrollar para su proyecto terminal, mi primera pregunta no es “¿qué solución pensaste?”. Es “¿qué necesitás saber para poder pensar una solución?”. Esa pregunta obliga a mapear el problema, identificar vacíos de conocimiento, y decidir cómo llenarlos antes de ejecutar.
Eso es una API pedagógica: un framework que eventualmente se ejecuta sin vos en la sala. No porque los estudiantes memoricen tu método, sino porque internalizan la lógica de cómo pensar sobre su propio pensamiento. Y cuando se gradúan y trabajan en agencias, startups o proyectos propios, no replican mis soluciones, métodos o frameworks. Replican su propia forma de diagnosticar problemas y ensamblar recursos para resolverlos.
La skill era está llegando, y va a redefinir cómo se construyen empresas. Pero tenemos que enseñar cómo se construye el criterio que después se empaqueta. Y más importante: cómo se construye un criterio que no pretende ser autosuficiente, sino que sabe cuándo necesita otras capas y cómo integrarlas.
Eso no es solo un modelo de negocio. Es un modelo pedagógico para formar creativos que puedan operar en un mundo donde la ejecución es commodity pero la orquestación es escasa.
Vamos a construir rutas
La oportunidad no es reaccionar a ese framing. Es mostrar que hay un trabajo anterior, más denso y más aplicable a nuestros contextos latinoamericanos: el trabajo de formar el criterio que después se empaqueta. El trabajo de hacerlo transmisible sin perder voz. El trabajo de construir patrones que no repliquen sesgos culturales como si fueran verdades universales.
Expertise como infraestructura, sí. Pero primero: expertise como práctica situada, como pedagogía, como identidad. Las ideas no son productos cerrados, son caminos. Por eso debemos partir desde los fundamentos: escuchar el problema, investigar con empatía, diseñar desde la intención.
Ahí está el partido.
Ahí es donde tenemos que patear al arco.
🤩 Cositas
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Emma






